LE MONDE DIPLOMATIQUE
AÑO DE PUBLICACION: 2000
MES DE PUBLICACION: MAYO
NUMERO: 55
AÑO DE PUBLICACION: 2000
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ESTADOS UNIDOS EN LAS CABEZAS
En todos los países avanzados, patronos y altos funcionarios
internacionales, intelectuales mediáticos y periodistas de alto rango, se han
puesto de acuerdo para hablar una extraña novlangue (nueva lengua) cuyo
vocabulario, que aparentemente no ha surgido de ningún sitio concreto, está en
todas las bocas: "mundialización" y "flexibilidad";
"gobernabilidad" y "empleabilidad"; "underclass"
y "exclusión"; "nueva economía y "tolerancia cero";
"comunitarismo", "multiculturalismo" y sus parientes
"posmodernos", "etnicidad", "minorías",
"identidad", "fragmentación", etc.
La difusión de esta nueva vulgata planetaria -de la que están
ausentes de forma relevante capitalismo, clases, explotación, dominación,
desigualdades, que han sido eliminados con el pretexto de la presunción de su
obsolescencia o de su impertinencia- es el producto de un imperialismo
adecuadamente simbólico: los efectos son aún más graves y perniciosos al ser
sostenidos no sólo por los partidarios de la revolución neoliberal que (con la
cobertura de "modernización") pretenden rehacer el mundo haciendo
tabla rasa de conquistas sociales y económicas que son el resultado de cien
años de luchas sociales, y que se quieren pintar ahora como arcaísmos y
obstáculos al nuevo orden naciente, sino también por agentes culturales
(investigadores, escritores, artistas) y militantes de izquierda que, en su
gran mayoría, se siguen considerando progresistas.
Al igual que en los dominios de género o de etnia, el imperialismo
cultural ejerce una violencia simbólica que se apoya en una relación de
comunicación forzada para arrancar la sumisión y cuya particularidad consiste
en este caso en universalizar los particularismos ligados a una experiencia
histórica singular, ignorando ese contexto y asumiéndolos como universales (1).
De esa manera, del mismo modo que, en el siglo XIX muchas
cuestiones filosóficas (como el tema spengleriano de la "decadencia")
que se debatían en toda Europa tenían su origen en las particularidades y los
conflictos históricos específicos del universo singular de los universitarios
alemanes (2), igualmente hoy muchos tópicos nacidos directamente de
enfrentamientos intelectuales ligados a las particularidades y particularismos
de la sociedad y las universidades norteamericanas se han impuesto, bajo formas
en apariencia "ahistóricas", al conjunto del planeta.
Esos lugares comunes, en el sentido aristotélico de nociones o de
tesis con las que se argumenta pero sobre las que no se argumenta, deben lo
esencial de su fuerza de convicción al prestigio reconocido del lugar en que
emanan y al hecho de que, al circular en un flujo continuo de Berlín a Buenos
Aires y de Londres a Lisboa, están presentes en todas partes a la vez y en
todas partes son reiteradas por esas instancias pretendidamente neutras del
pensamiento neutro que son los grandes organismos internacionales -Banco
Mundial, Comisión Europea, Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos
(OCDE)-, las "cajas pensantes" conservadoras (Manhattan Institute en
Nueva York, Adam Smith Institute en Londres, la ex Fondation Saint-Simon en
París, Deutsche Bank Fundation en Frankfort), las fundaciones filantrópicas,
las escuelas del poder (Science-Po en Francia, London School of Economics en el
Reino Unido, Harvard Kennedy School of Government en Estados Unidos, etcétera),
y los grandes medios de comunicación, incansables distribuidores de esa
"lengua franca" que sirve para todo, bien elaborada para dar a los
editorialistas apresurados y a los especialistas solícitos del
"import-export" cultural la ilusión del ultramodernismo.
Más allá del efecto automático de la circulación internacional de
ideas, que tiende por su propia lógica a ocultar las condiciones y las
significaciones de origen (3), el juego de las definiciones previas y de las
deducciones escolásticas sustituye, con la apariencia de la necesidad lógica, a
la contingencia de las necesidades sociológicas negadas y tiende a enmascarar
las raíces históricas de todo un conjunto de cuestiones y de nociones -la
"eficacia" del mercado (libre), la necesidad del reconocimiento de
las "identidades" (culturales), o aún más la reafirmación-celebración
de las "responsabilidades" individuales- que se decretarán como
filosóficas, sociológicas, económicas o políticas, según el lugar y el momento
de la recepción.
Un supuesto "sentido común" universal
Planetarizados de esa manera, mundializados, en el sentido
estrictamente geográfico, al mismo tiempo que particularizados, esos lugares
comunes que el machacamiento mediático transforma en sentido común universal,
consiguen hacer olvidar con frecuencia que no hacen más que expresar, bajo una
forma truncada e irreconocible (que incluye a aquellos que las propagan) las
realidades complejas y cuestionadas de una sociedad histórica particular,
tácitamente constituida en modelo y medida de todas las cosas: la sociedad
norteamericana de la era posfordista y poskeynesiana. Ese único superpoder, esa
Meca simbólica de la Tierra, se caracteriza por el desmantelamiento deliberado
del Estado social y el hipercrecimiento correlativo del Estado penal, el
aplastamiento del movimiento sindical y la dictadura de la concepción de la
empresa sólo en el "valor-accionista", y sus consecuencias
sociológicas, la generalización del asalariado precario y de la inseguridad
social, constituidos en motor privilegiado de la actividad económica.
Sucede así, por ejemplo, con el debate vago y desvaído en torno al
"multiculturalismo", tema importado en Europa para designar el
pluralismo cultural en la esfera cívica, mientras que Estados Unidos lo remite,
en el movimiento mismo con el que lo enmascara, a la continuada exclusión de
los negros y a la crisis de la mitología nacional del "sueño americano"
de la "oportunidad para todos", correlativa a la bancarrota que
afecta al sistema de enseñanza pública en el momento en que la competencia por
el capital cultural se intensifica y en que las desigualdades de clase se
incrementan de manera vertiginosa.
El adjetivo "multicultural" oculta esa crisis aislándola
artificialmente en el microcosmos universitario de manera exclusiva y
expresándola en un registro ostensiblemente "étnico", mientras que lo
que se juega verdaderamente no es el reconocimiento de las culturas
marginalizadas por los cánones académicos, sino el acceso a los instrumentos de
(re)producción de las clases media y superior, como la universidad, en un
contexto de ruptura activa y masiva del Estado.
El "multiculturalismo" norteamericano no es un concepto,
ni una teoría, ni un movimiento social o político, aunque pretenda ser todo eso
a la vez. Es un discurso pantalla cuyo estatus intelectual es el producto de un
gigantesco efecto de "allodoxía" nacional e internacional (4) que
engaña tanto a los que están como a los que no están. Se trata pues de un
discurso norteamericano, aunque se piense y se dé como universal, que expresa
las contradicciones específicas de la situación de universitarios que, aislados
de cualquier acceso a la esfera pública y sometidos a una enorme diferenciación
en su medio profesional, no tienen otro terreno en donde descargar su libido
política que en el de simples querellas académicas disfrazadas como epopeyas
conceptuales.
El "multiculturalismo" arrastra pues hacia todos los sitios
donde se exporta los tres vicios del pensamiento nacional norteamericano: a) el
"grupismo", que reifica las divisiones sociales canonizadas por la
burocracia estatal en principio de conocimiento y de reivindicación política;
b) el populismo, que reemplaza el análisis de las estructuras y de los
mecanismos de dominación por la celebración de la cultura de los dominados y de
su "punto de vista", elevado al rango de prototeoría en acto; c) el
moralismo, que obstaculiza la aplicación de un sano materialismo racional en el
análisis del mundo social y económico y de ese modo condena a un debate sin fin
ni efectos sobre el necesario "reconocimiento de las identidades"
mientras que, en la triste realidad de todos los días, el problema no se sitúa de
ninguna manera en ese nivel (5): mientras que los filósofos se relamen
doctamente con el "reconocimiento cultural", decenas de millares de
niños provenientes de clases y etnias dominadas son expulsados fuera de las
escuelas primarias por falta de plazas (sólo en la ciudad de Los Angeles hubo
el pasado año 25.000 casos), y sólo un muchacho sobre diez proveniente de
familias que ganan menos de 15.000 dólares anuales accede a la universidad,
frente al 94% de los hijos de familias que disponen de más de 100.000 dólares.
Se podría hacer una demostración similar respecto a la noción
fuertemente polisémica de "globalización", que tiene como efecto (si
no como función) vestir de ecumenismo cultural o de fatalismo economicista los
efectos del imperialismo norteamericano y enmascarar una relación de fuerza
transnacional como una necesidad natural. Al término de una inversión simbólica
fundada en la naturalización de los esquemas del pensamiento neoliberal, se
acepta con resignación como resultado obligado de las evoluciones nacionales,
cuando no se celebra con un entusiasmo borreguil. Un pensamiento neoliberal
cuya dominación se ha impuesto desde hace veinte años gracias al trabajo de los
think tanks conservadores y de sus aliados en el campo político y periodístico
(6), a la remodelación de las relaciones sociales y de las prácticas culturales
conforme al patrón norteamericano, que se ha ido estableciendo en las
sociedades avanzadas a través de la pauperización del Estado, y de la
conversión en mercancías de los bienes públicos junto a la generalización de la
inseguridad salarial.
El análisis empírico de la evolución de las economías avanzadas
ante su larga duración sugiere sin embargo que la "globalización" no
es una nueva fase del capitalismo sino una "retórica" que invocan los
gobiernos para justificar su sumisión voluntaria a los mercados financieros.
Lejos de ser, como no cesa de repetirse, las consecuencias fatales del
crecimiento de los intercambios exteriores, la desindustrialización, el
crecimiento de las desigualdades y la contracción de las políticas sociales son
el resultado de decisiones de política interior que reflejan la oscilación de
las relaciones de clase en favor de los propietarios del capital (7).
Al imponer al resto del mundo categorías de percepción homologadas
con sus estructuras sociales, Estados Unidos reconstruye de nuevo el mundo a su
imagen: la colonización mental que se opera a través de la difusión de esos
"verdaderos-falsos" conceptos no puede conducir más que a una especie
de "Washington consensus" generalizado e incluso espontáneo, como
puede observarse hoy en materia de economía, de filantropía o de enseñanza de
la gestión. Efectivamente, ese doble discurso que, fundado en la creencia,
incluso en la ciencia, al sobreimponer al fantasma social del dominante la
apariencia de la razón (especialmente económica y politológica), está dotado
del poder de hacer que sucedan las realidades que pretende describir, según el
principio de la profecía autorrealizante: presente en los espíritus de quienes
deciden en política o en economía y en los de sus públicos, sirve de
instrumento de construcción de políticas públicas y privadas, al mismo tiempo
que de instrumento de evaluación de esas políticas. Como todas las mitologías
de la Edad de la ciencia, la nueva vulgata planetaria se apoya en una serie de
oposiciones y equivalencias, que se sostienen y se responden, para describir
las transformaciones contemporáneas de las sociedades avanzadas: liberación
económica del Estado y refuerzo de sus componentes policiales y penales;
desregulación de los flujos financieros y del mercado del empleo; reducción de
la protección social y celebración moralizadora de la "responsabilidad
individual":
MERCADO
libertad
abierto
flexible
dinámico, en movimiento
futuro, novedad
crecimiento
individuo, individualismo
diversidad, autenticidad
democrático
ESTADO
coacción
cerrado
rígido
inmóvil, fijo
pasado, desfasado
inmovilismo, arcaísmo
grupo, colectivismo
uniformidad, artificialidad
autocrático ("totalitario")
El imperialismo de la razón neoliberal encuentra su ejecución
intelectual en dos nuevas figuras ejemplares del productor cultural. Primero el
experto, que prepara en la sombra de los pasillos ministeriales o patronales o
en el secreto de los think tanks documentos con fuerte contenido técnico,
arropados lo más posible con un lenguaje económico y matemático. A
continuación, el consejero del príncipe en materia de comunicación, tránsfuga
del mundo universitario pasado al servicio de los dominadores, cuya misión es
presentar de modo académico los proyectos políticos de la nueva nobleza de
Estado y de la empresa y cuyo modelo planetario es, sin discusión posible, el
sociólogo británico Anthony Giddens, profesor en la Universidad de Cambridge
recientemente colocado a la cabeza de la London School of Economics y padre de
la "teoría de la estructuración", síntesis escolástica de diferentes
tradiciones sociológicas y filosóficas.
La síntesis escolástica
Y puede verse la encarnación por excelencia de la artimaña de la
razón imperialista en el hecho de que Gran Bretaña, colocada, por razones
históricas, culturales y lingüísticas en posición de intermediario, de neutro
(en el sentido etimológico), entre Estados Unidos y la Europa continental, que
ha proporcionado al mundo ese caballo de Troya de dos cabezas, en la persona
dual de Tony Blair y Anthony Giddens, "teórico" autoproclamado de la
"tercera vía", que, según sus propias palabras, citadas textualmente,
"adopta una actitud positiva respecto a la globalización"; "intenta
reaccionar ante las nuevas formas de desigualdades" pero teniendo en
cuenta de entrada que "los pobres de hoy no son semejantes a los pobres de
antaño (lo mismo que los ricos no son similares a los que lo eran antes)";
"acepta la idea de que los sistemas de protección social existentes, y la
estructura del conjunto del Estado, son el origen de los problemas, y no sólo
la solución para resolverlos"; "subraya el hecho de que las políticas
económicas y sociales están ligadas", para mejor afirmar que "los gastos
sociales deben ser valorados en términos de sus consecuencias para la economía
en su conjunto"; finalmente, "hay que precuparse de los mecanismos de
exclusión"; que descubre tanto "en las capas bajas de la sociedad,
como también en las altas", convencido de que "redefinir la
desigualdad en relación con la exclusión a esos dos niveles" está "de
acuerdo con una concepción dinámica de la desigualdad" (8). Los patronos
de la economía pueden dormir tranquilos: han encontrado su doctor Pangloss
("el mejor de los mundos")./P.B. y L.W.
NOTA AL PIE:
(1) Precisemos de entrada que Estados Unidos no tiene el monopolio
de la pretensión de la universalidad. Muchos otros países, Francia, Gran
Bretaña, Alemania, España, Japón, Rusia, han ejercido o se esfuerzan por
ejercer todavía en su propia esfera de influencia formas de imperialismo
cultural enteramente comparables. Con la diferencia sin embargo que, por vez
primera en la historia, un sólo país se encuentra en posición de imponer su
punto de vista sobre el mundo, al mundo entero.
(2) Cf. Fritz Ringer, The Decline of the
Mandarins, Cambridge University Press, Cambridge, 1969.
(3) Pierre Bourdieu, "Les conditions sociales de la
circulation internationale des idées", Romanistische Zeitschrift fur
Literaturgeschichte, 14-1/2, Heidelberg, 1990.
(4) Allodoxia: el hecho de tomar una cosa por otra.
(5) Tampoco la globalización de los intercambios materiales y
simbólicos, la diversidad de culturas, data de nuestro siglo puesto que es
coextensiva a la historia humana, como ya lo había señalado Emile Durkheim y
Marcel Mauss en su "Note sur la notion de civilisation" (Année
sociologique, núm. 12, 1913, vol. III, Editions de Minuit, París, 1968).
(6) Léase a Keith Dixon, Les Evangélistes du marché, Raisons
d'agir Editions, París, 1998.
(7) Sobre la "globalización" como "proyecto
norteamericano" que intenta imponer la concepción del
"valor-accionista" de la empresa, cf. a Neil Fligstein,
"Rhétorique et réalités de la mondialisation", Actes de la recherche
en sciences sociales, núm. 119, septiembre de 1997.
(8) Extraido del catálogo de definiciones escolares de las teorías
y opiniones políticas de Anthony Giddens que el propio autor propone en la
rúbrica "FAQs (Frequently Asked Questions)" de su página en Internet:
www.lse.ac.uk/Giddens/
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