sábado, 9 de marzo de 2013

La nueva vulgata planetaria

LE MONDE DIPLOMATIQUE
AÑO DE PUBLICACION: 2000
MES DE PUBLICACION: MAYO
NUMERO: 55
 
ESTADOS UNIDOS EN LAS CABEZAS 


En todos los países avanzados, patronos y altos funcionarios internacionales, intelectuales mediáticos y periodistas de alto rango, se han puesto de acuerdo para hablar una extraña novlangue (nueva lengua) cuyo vocabulario, que aparentemente no ha surgido de ningún sitio concreto, está en todas las bocas: "mundialización" y "flexibilidad"; "gobernabilidad" y "empleabilidad"; "underclass" y "exclusión"; "nueva economía y "tolerancia cero"; "comunitarismo", "multiculturalismo" y sus parientes "posmodernos", "etnicidad", "minorías", "identidad", "fragmentación", etc. 

La difusión de esta nueva vulgata planetaria -de la que están ausentes de forma relevante capitalismo, clases, explotación, dominación, desigualdades, que han sido eliminados con el pretexto de la presunción de su obsolescencia o de su impertinencia- es el producto de un imperialismo adecuadamente simbólico: los efectos son aún más graves y perniciosos al ser sostenidos no sólo por los partidarios de la revolución neoliberal que (con la cobertura de "modernización") pretenden rehacer el mundo haciendo tabla rasa de conquistas sociales y económicas que son el resultado de cien años de luchas sociales, y que se quieren pintar ahora como arcaísmos y obstáculos al nuevo orden naciente, sino también por agentes culturales (investigadores, escritores, artistas) y militantes de izquierda que, en su gran mayoría, se siguen considerando progresistas.
Al igual que en los dominios de género o de etnia, el imperialismo cultural ejerce una violencia simbólica que se apoya en una relación de comunicación forzada para arrancar la sumisión y cuya particularidad consiste en este caso en universalizar los particularismos ligados a una experiencia histórica singular, ignorando ese contexto y asumiéndolos como universales (1).
De esa manera, del mismo modo que, en el siglo XIX muchas cuestiones filosóficas (como el tema spengleriano de la "decadencia") que se debatían en toda Europa tenían su origen en las particularidades y los conflictos históricos específicos del universo singular de los universitarios alemanes (2), igualmente hoy muchos tópicos nacidos directamente de enfrentamientos intelectuales ligados a las particularidades y particularismos de la sociedad y las universidades norteamericanas se han impuesto, bajo formas en apariencia "ahistóricas", al conjunto del planeta.
Esos lugares comunes, en el sentido aristotélico de nociones o de tesis con las que se argumenta pero sobre las que no se argumenta, deben lo esencial de su fuerza de convicción al prestigio reconocido del lugar en que emanan y al hecho de que, al circular en un flujo continuo de Berlín a Buenos Aires y de Londres a Lisboa, están presentes en todas partes a la vez y en todas partes son reiteradas por esas instancias pretendidamente neutras del pensamiento neutro que son los grandes organismos internacionales -Banco Mundial, Comisión Europea, Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE)-, las "cajas pensantes" conservadoras (Manhattan Institute en Nueva York, Adam Smith Institute en Londres, la ex Fondation Saint-Simon en París, Deutsche Bank Fundation en Frankfort), las fundaciones filantrópicas, las escuelas del poder (Science-Po en Francia, London School of Economics en el Reino Unido, Harvard Kennedy School of Government en Estados Unidos, etcétera), y los grandes medios de comunicación, incansables distribuidores de esa "lengua franca" que sirve para todo, bien elaborada para dar a los editorialistas apresurados y a los especialistas solícitos del "import-export" cultural la ilusión del ultramodernismo.
Más allá del efecto automático de la circulación internacional de ideas, que tiende por su propia lógica a ocultar las condiciones y las significaciones de origen (3), el juego de las definiciones previas y de las deducciones escolásticas sustituye, con la apariencia de la necesidad lógica, a la contingencia de las necesidades sociológicas negadas y tiende a enmascarar las raíces históricas de todo un conjunto de cuestiones y de nociones -la "eficacia" del mercado (libre), la necesidad del reconocimiento de las "identidades" (culturales), o aún más la reafirmación-celebración de las "responsabilidades" individuales- que se decretarán como filosóficas, sociológicas, económicas o políticas, según el lugar y el momento de la recepción. 

Un supuesto "sentido común"  universal

Planetarizados de esa manera, mundializados, en el sentido estrictamente geográfico, al mismo tiempo que particularizados, esos lugares comunes que el machacamiento mediático transforma en sentido común universal, consiguen hacer olvidar con frecuencia que no hacen más que expresar, bajo una forma truncada e irreconocible (que incluye a aquellos que las propagan) las realidades complejas y cuestionadas de una sociedad histórica particular, tácitamente constituida en modelo y medida de todas las cosas: la sociedad norteamericana de la era posfordista y poskeynesiana. Ese único superpoder, esa Meca simbólica de la Tierra, se caracteriza por el desmantelamiento deliberado del Estado social y el hipercrecimiento correlativo del Estado penal, el aplastamiento del movimiento sindical y la dictadura de la concepción de la empresa sólo en el "valor-accionista", y sus consecuencias sociológicas, la generalización del asalariado precario y de la inseguridad social, constituidos en motor privilegiado de la actividad económica.
Sucede así, por ejemplo, con el debate vago y desvaído en torno al "multiculturalismo", tema importado en Europa para designar el pluralismo cultural en la esfera cívica, mientras que Estados Unidos lo remite, en el movimiento mismo con el que lo enmascara, a la continuada exclusión de los negros y a la crisis de la mitología nacional del "sueño americano" de la "oportunidad para todos", correlativa a la bancarrota que afecta al sistema de enseñanza pública en el momento en que la competencia por el capital cultural se intensifica y en que las desigualdades de clase se incrementan de manera vertiginosa.
El adjetivo "multicultural" oculta esa crisis aislándola artificialmente en el microcosmos universitario de manera exclusiva y expresándola en un registro ostensiblemente "étnico", mientras que lo que se juega verdaderamente no es el reconocimiento de las culturas marginalizadas por los cánones académicos, sino el acceso a los instrumentos de (re)producción de las clases media y superior, como la universidad, en un contexto de ruptura activa y masiva del Estado.
El "multiculturalismo" norteamericano no es un concepto, ni una teoría, ni un movimiento social o político, aunque pretenda ser todo eso a la vez. Es un discurso pantalla cuyo estatus intelectual es el producto de un gigantesco efecto de "allodoxía" nacional e internacional (4) que engaña tanto a los que están como a los que no están. Se trata pues de un discurso norteamericano, aunque se piense y se dé como universal, que expresa las contradicciones específicas de la situación de universitarios que, aislados de cualquier acceso a la esfera pública y sometidos a una enorme diferenciación en su medio profesional, no tienen otro terreno en donde descargar su libido política que en el de simples querellas académicas disfrazadas como epopeyas conceptuales.
El "multiculturalismo" arrastra pues hacia todos los sitios donde se exporta los tres vicios del pensamiento nacional norteamericano: a) el "grupismo", que reifica las divisiones sociales canonizadas por la burocracia estatal en principio de conocimiento y de reivindicación política; b) el populismo, que reemplaza el análisis de las estructuras y de los mecanismos de dominación por la celebración de la cultura de los dominados y de su "punto de vista", elevado al rango de prototeoría en acto; c) el moralismo, que obstaculiza la aplicación de un sano materialismo racional en el análisis del mundo social y económico y de ese modo condena a un debate sin fin ni efectos sobre el necesario "reconocimiento de las identidades" mientras que, en la triste realidad de todos los días, el problema no se sitúa de ninguna manera en ese nivel (5): mientras que los filósofos se relamen doctamente con el "reconocimiento cultural", decenas de millares de niños provenientes de clases y etnias dominadas son expulsados fuera de las escuelas primarias por falta de plazas (sólo en la ciudad de Los Angeles hubo el pasado año 25.000 casos), y sólo un muchacho sobre diez proveniente de familias que ganan menos de 15.000 dólares anuales accede a la universidad, frente al 94% de los hijos de familias que disponen de más de 100.000 dólares.
Se podría hacer una demostración similar respecto a la noción fuertemente polisémica de "globalización", que tiene como efecto (si no como función) vestir de ecumenismo cultural o de fatalismo economicista los efectos del imperialismo norteamericano y enmascarar una relación de fuerza transnacional como una necesidad natural. Al término de una inversión simbólica fundada en la naturalización de los esquemas del pensamiento neoliberal, se acepta con resignación como resultado obligado de las evoluciones nacionales, cuando no se celebra con un entusiasmo borreguil. Un pensamiento neoliberal cuya dominación se ha impuesto desde hace veinte años gracias al trabajo de los think tanks conservadores y de sus aliados en el campo político y periodístico (6), a la remodelación de las relaciones sociales y de las prácticas culturales conforme al patrón norteamericano, que se ha ido estableciendo en las sociedades avanzadas a través de la pauperización del Estado, y de la conversión en mercancías de los bienes públicos junto a la generalización de la inseguridad salarial.
El análisis empírico de la evolución de las economías avanzadas ante su larga duración sugiere sin embargo que la "globalización" no es una nueva fase del capitalismo sino una "retórica" que invocan los gobiernos para justificar su sumisión voluntaria a los mercados financieros. Lejos de ser, como no cesa de repetirse, las consecuencias fatales del crecimiento de los intercambios exteriores, la desindustrialización, el crecimiento de las desigualdades y la contracción de las políticas sociales son el resultado de decisiones de política interior que reflejan la oscilación de las relaciones de clase en favor de los propietarios del capital (7).
Al imponer al resto del mundo categorías de percepción homologadas con sus estructuras sociales, Estados Unidos reconstruye de nuevo el mundo a su imagen: la colonización mental que se opera a través de la difusión de esos "verdaderos-falsos" conceptos no puede conducir más que a una especie de "Washington consensus" generalizado e incluso espontáneo, como puede observarse hoy en materia de economía, de filantropía o de enseñanza de la gestión. Efectivamente, ese doble discurso que, fundado en la creencia, incluso en la ciencia, al sobreimponer al fantasma social del dominante la apariencia de la razón (especialmente económica y politológica), está dotado del poder de hacer que sucedan las realidades que pretende describir, según el principio de la profecía autorrealizante: presente en los espíritus de quienes deciden en política o en economía y en los de sus públicos, sirve de instrumento de construcción de políticas públicas y privadas, al mismo tiempo que de instrumento de evaluación de esas políticas. Como todas las mitologías de la Edad de la ciencia, la nueva vulgata planetaria se apoya en una serie de oposiciones y equivalencias, que se sostienen y se responden, para describir las transformaciones contemporáneas de las sociedades avanzadas: liberación económica del Estado y refuerzo de sus componentes policiales y penales; desregulación de los flujos financieros y del mercado del empleo; reducción de la protección social y celebración moralizadora de la "responsabilidad individual": 

MERCADO
libertad
abierto
flexible
dinámico, en movimiento
futuro, novedad
crecimiento
individuo, individualismo
diversidad, autenticidad
democrático 

ESTADO
coacción
cerrado
rígido
inmóvil, fijo
pasado, desfasado
inmovilismo, arcaísmo
grupo, colectivismo
uniformidad, artificialidad
autocrático ("totalitario") 
El imperialismo de la razón neoliberal encuentra su ejecución intelectual en dos nuevas figuras ejemplares del productor cultural. Primero el experto, que prepara en la sombra de los pasillos ministeriales o patronales o en el secreto de los think tanks documentos con fuerte contenido técnico, arropados lo más posible con un lenguaje económico y matemático. A continuación, el consejero del príncipe en materia de comunicación, tránsfuga del mundo universitario pasado al servicio de los dominadores, cuya misión es presentar de modo académico los proyectos políticos de la nueva nobleza de Estado y de la empresa y cuyo modelo planetario es, sin discusión posible, el sociólogo británico Anthony Giddens, profesor en la Universidad de Cambridge recientemente colocado a la cabeza de la London School of Economics y padre de la "teoría de la estructuración", síntesis escolástica de diferentes tradiciones sociológicas y filosóficas. 

La síntesis escolástica

Y puede verse la encarnación por excelencia de la artimaña de la razón imperialista en el hecho de que Gran Bretaña, colocada, por razones históricas, culturales y lingüísticas en posición de intermediario, de neutro (en el sentido etimológico), entre Estados Unidos y la Europa continental, que ha proporcionado al mundo ese caballo de Troya de dos cabezas, en la persona dual de Tony Blair y Anthony Giddens, "teórico" autoproclamado de la "tercera vía", que, según sus propias palabras, citadas textualmente, "adopta una actitud positiva respecto a la globalización"; "intenta reaccionar ante las nuevas formas de desigualdades" pero teniendo en cuenta de entrada que "los pobres de hoy no son semejantes a los pobres de antaño (lo mismo que los ricos no son similares a los que lo eran antes)"; "acepta la idea de que los sistemas de protección social existentes, y la estructura del conjunto del Estado, son el origen de los problemas, y no sólo la solución para resolverlos"; "subraya el hecho de que las políticas económicas y sociales están ligadas", para mejor afirmar que "los gastos sociales deben ser valorados en términos de sus consecuencias para la economía en su conjunto"; finalmente, "hay que precuparse de los mecanismos de exclusión"; que descubre tanto "en las capas bajas de la sociedad, como también en las altas", convencido de que "redefinir la desigualdad en relación con la exclusión a esos dos niveles" está "de acuerdo con una concepción dinámica de la desigualdad" (8). Los patronos de la economía pueden dormir tranquilos: han encontrado su doctor Pangloss ("el mejor de los mundos")./P.B. y L.W.







NOTA AL PIE:
(1) Precisemos de entrada que Estados Unidos no tiene el monopolio de la pretensión de la universalidad. Muchos otros países, Francia, Gran Bretaña, Alemania, España, Japón, Rusia, han ejercido o se esfuerzan por ejercer todavía en su propia esfera de influencia formas de imperialismo cultural enteramente comparables. Con la diferencia sin embargo que, por vez primera en la historia, un sólo país se encuentra en posición de imponer su punto de vista sobre el mundo, al mundo entero.
(2) Cf. Fritz Ringer, The Decline of the Mandarins, Cambridge University Press, Cambridge, 1969.
(3) Pierre Bourdieu, "Les conditions sociales de la circulation internationale des idées", Romanistische Zeitschrift fur Literaturgeschichte, 14-1/2, Heidelberg, 1990.
(4) Allodoxia: el hecho de tomar una cosa por otra.
(5) Tampoco la globalización de los intercambios materiales y simbólicos, la diversidad de culturas, data de nuestro siglo puesto que es coextensiva a la historia humana, como ya lo había señalado Emile Durkheim y Marcel Mauss en su "Note sur la notion de civilisation" (Année sociologique, núm. 12, 1913, vol. III, Editions de Minuit, París, 1968).
(6) Léase a Keith Dixon, Les Evangélistes du marché, Raisons d'agir Editions, París, 1998.
(7) Sobre la "globalización" como "proyecto norteamericano" que intenta imponer la concepción del "valor-accionista" de la empresa, cf. a Neil Fligstein, "Rhétorique et réalités de la mondialisation", Actes de la recherche en sciences sociales, núm. 119, septiembre de 1997.
(8) Extraido del catálogo de definiciones escolares de las teorías y opiniones políticas de Anthony Giddens que el propio autor propone en la rúbrica "FAQs (Frequently Asked Questions)" de su página en Internet: www.lse.ac.uk/Giddens/

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