Pareciera
ser que todos, desde nuestras perspectivas, aspiramos a que nuestros gobiernos
de turno (y también nuestras religiones o creencias espirituales) nos den paz,
estabilidad, libertad, fraternidad, etc., etc. Lleguen a cumplir, básicamente,
nuestras expectativas-que a todo esto no tenemos idea de donde las traemos
tampoco, pero que no viene al caso analizar en esta columna.
Sin embargo sucede que esos conceptos antes mencionados, y así como muchos
otros más, son meros recipientes llenados con significados ideológicos que
tratan de ganar lugar dentro del discurso social. Por poner un ejemplo, la
libertad marxista es muy diferente a la libertad capitalista, la paz
capitalista se logra de manera muy diferente a la marxista, y así
sucesivamente. Y cada quien va haciendo su elección, sea consciente o no, del
lugar desde donde quiere proponer la definición de esos conceptos.
Por lo anterior-que es estructural pero al mismo tiempo tan poco evidente-es
que sea tan complejo que como sociedad lleguemos a acuerdos en relación a qué
es lo que queremos y cómo lo queremos, y de cierta manera, todos tratamos de
imponer la definición que le damos a esos conceptos que guiaran nuestro actuar
social.
Insisto, es ingenuo seguir creyendo que nuestra libertad, igualdad y
fraternidad es la libertad única, la fraternidad única y la igualdad única,
pero llegar a ver esto no es tarea fácil y es responsabilidad nuestra
cuestionar nuestras propias creencias o puntos de vista.
De aquí que me parece que la única salida a estos enroques discursivos donde
todos creen tener la verdad, es ver y aceptar que partimos de un imposible. Un
imposible de poder llegar a acuerdo puesto que intrínsecamente tenemos
diferentes deseos que satisfacer. Y de aquí que la capacidad de reflexión y
razonamiento se vuelva fundamental a la hora de lograr vivir en acuerdos puesto
que, de otra forma, sólo estamos volviendo a totalitarismos con semblantes de
democracia o dogmatismos con semblantes de racionalidad.
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