La política es el espectáculo, el show, el circo más caro que como nación estamos pagando. Un circo, de todas formas y lamentablemente, necesario.
Pero ese no es el principal problema. La gran mayoría, aquella mayoría que probablemente define hoy en día el destino de la nación no son personas, digámoslo, ilustrada. Son personas, comunes, ciudadanos. Individuos que poco escuchan razones pero si se dejan llevar por emociones. Y ese es un problema.
La democracia está construida sobre la base de la razón, sobre la base de personas que pueden elegir de manera racional sus gobernantes, sin embargo hoy pareciera imperar el miedo antes que esta supuesta razón. Miedo a vivir gobernados por una derecha (fascista/capitalista) o una izquierda (comunista/marxista). Pero razones, pocas.
¿Son entonces las reflexiones y discusiones no más que mero onanismo intelectual? Por ahora me está pareciendo que sí. Y esto es un problema de educación, y no la educación que hoy se pide, sino de la que cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de administrarse.
El escenario no es simple. Hoy hay discursos ideológicos sobre la palestra que no definen de la misma manera los conceptos que usan en común, pero que apuntan a generar un sentimiento que ligue al candidato o candidata con determinado afecto placentero o, de últimas, menos angustioso para el futuro votante.
Y todo lo anterior permite a estos, nuestros supuestos gobernantes, seguir con sus “políticas”, discusiones, ires, venires y decires, alimentándose a costa de quienes no tenemos otra opción mas que pagar para que representen su espectáculo.
Tal vez es momento de, como dice Zizek, dejar de actuar y sólo pensar, para que sea sobre el ejercicio de la reflexión que construyamos un camino hacia un proyecto político renovado que nos permita sentirnos menos abusados de como hoy, los chilenos, nos estamos sintiendo.
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