lunes, 29 de abril de 2013

Circolítica


La política es el espectáculo, el show, el circo más caro que como nación estamos pagando. Un circo, de todas formas y lamentablemente, necesario. 


Pero ese no es el principal problema. La gran mayoría, aquella mayoría que probablemente define hoy en día el destino de la nación no son personas, digámoslo, ilustrada. Son personas, comunes, ciudadanos. Individuos que poco escuchan razones pero si se dejan llevar por emociones. Y ese es un problema. 

La democracia está construida sobre la base de la razón, sobre la base de personas que pueden elegir de manera racional sus gobernantes, sin embargo hoy pareciera imperar el miedo antes que esta supuesta razón. Miedo a vivir gobernados por una derecha (fascista/capitalista) o una izquierda (comunista/marxista). Pero razones, pocas. 

¿Son  entonces las reflexiones y discusiones no más que mero onanismo intelectual? Por ahora me está pareciendo que sí. Y esto es un problema de educación, y no la educación que hoy se pide, sino de la que cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de administrarse.

El escenario no es simple. Hoy hay discursos ideológicos sobre la palestra que no definen de la misma manera los conceptos que usan en común, pero que apuntan a generar un sentimiento que ligue al candidato o candidata con determinado afecto placentero o, de últimas, menos angustioso para el futuro votante.

Y todo lo anterior permite a estos, nuestros supuestos gobernantes, seguir con sus “políticas”, discusiones, ires, venires y decires, alimentándose a costa de quienes no tenemos otra opción mas que pagar para que representen su espectáculo.

Tal vez es momento de, como dice Zizek, dejar de actuar y sólo pensar, para que sea sobre el ejercicio de la reflexión que construyamos un camino hacia un proyecto político renovado que nos permita sentirnos menos abusados de como hoy, los chilenos, nos estamos sintiendo.

domingo, 14 de abril de 2013

El Capitalismo es el Auténtico Problema


Por Slavoj Zizek

¿Qué hacer después de las ocupaciones de Wall Street y de tantos otros lugares? Uno de los grandes peligros que acechan a los manifestantes es que se enamoren de sí mismos.
En San Francisco, donde se hicieron oír los ecos de la ocupación de Wall Street, esta semana un hombre se dirigió a la multitud para invitarla a participar como si se tratase de unhappening al estilo hippie de los años 60 : “Nos preguntan cuál es nuestro programa. No tenemos programa. Estamos aquí para pasarla bien.” Los carnavales son baratos.
La verdadera prueba de su valor es lo que queda al día siguiente, de qué manera cambiará nuestra vida diaria.
Los manifestantes deberían enamorarse del trabajo duro y paciente: son el comienzo, no el fin. Su mensaje fundamental es: se ha roto el tabú; no vivimos en el mejor de los mundos posibles; estamos autorizados, incluso obligados, a pensar en alternativas.
En una especie de tríada hegeliana, la izquierda occidental ha dado un giro completo: después de abandonar el “esencialismo de la lucha de clases” por la pluralidad de las luchas antirracistas, feministas y de otro tipo, el capitalismo claramente está resurgiendo como el auténtico problema.
Por eso, la primera lección que debemos aprender es: no le echemos la culpa a la gente.
El problema no es la corrupción o la codicia, el problema es el sistema que nos empuja a ser corruptos.
Tenemos por delante un largo camino y pronto tendremos que ocuparnos de las preguntas difíciles. ¿Qué organización social pude reemplazar al capitalismo existente? ¿Qué nuevo tipo de dirigentes necesitamos? ¿Qué órganos, incluidos los de control y represión? Las alternativas del siglo XX no funcionaron.
Aunque es emocionante disfrutar de los placeres de la “organización horizontal” de las multitudes que protestan con solidaridad igualitaria y debates libres de final abierto, también deberíamos tener presente lo que escribió G.K. Chesterton: “El mero hecho de tener una mente abierta no significa nada; el objetivo de abrir la mente, así como el de abrir la boca, es volver a cerrarla sobre algo sólido”.
Esto vale también para la política en épocas de incertidumbre : los debates de final abierto tendrán que aglutinarse no sólo en algunos significantes maestros nuevos sino también en respuestas concretas a la vieja pregunta leninista: “¿Qué se ha de hacer?” Los ataques conservadores directos son fáciles de responder. ¿Las protestas son antiamericanas? Cuando los fundamentalistas conservadores afirman queEstados Unidos es una nación cristiana, uno debería recordar lo qué es la cristiandad: el Espíritu Santo, la comunidad libre e igualitaria de creyentes unidos por el amor. Los manifestantes son el Espíritu Santo, mientras que en Wall Street los paganos adoran ídolos falsos.
¿Los manifestantes son violentos? Es cierto que su mismo lenguaje pudiera parecer violento, pero son violentos sólo en el sentido en que Mahatma Gandhi era violento. Son violentos porque quieren cambiar cómo son las cosas. ¿Pero qué es esta violencia comparada con la violencia que se necesita para asegurar el funcionamiento sin sobresaltos del sistema capitalista mundial?

*Traducción de Elisa Carnelli

Empatía por la clase política

Hoy, por razones de trabajo me tocó ir a la parte alta de Santiago…y diría que muy alta.

Esperando que la obra se terminara, y en ese mismo lugar, tuve el tiempo de adentrarme y meditar el momento, y no pude evitar llegar a sentir empatía para con la clase política chilena que vive en esos barrios(es decir, casi todos).

No me pareció raro, desde ese lugar, lo que no es sentir ir a trabajar apretado a un lugar rodeado de desarmonía. Viajar incomodo,en un bus lleno por avenidas atochadas, llegar a casa y estar preocupado porque quizás el dinero no alcanza para fin de mes. No, no me pareció raro, sintiendo aun como si yo fuera uno de ellos, sentir que me merezco el suelo que gano y no entender por qué no nos entienden si estamos tan bien como estamos.

Y me preocupé. Porque no me pareció extraño que exista la sensación de que la clase política no escucha a la ciudadanía, no comprende lo que sucede en el día a día y no gobierna para los ciudadanos, sino que parece gobernar para mantener intactos sus pequeños mundos, lejos de este país, pero en este mismo territorio.

Eran las cuatro de la tarde de un día viernes en Santiago y me sorprendí de que era posible escuchar las hojas de los arboles moverse con el viento. Me sentí calmo, pero también sentí tristeza. Tristeza por esos niños y personas que no ven más que paredes rayadas y están obligados a vivir en el centro mismo de esta jungla de cemento, ahí donde un árbol es un milagro y el color de la tierra impregna la visual y nos deja con la sensación de que algo en nosotros mismos también hubiera sido desforestado.

Si yo fuera político y viviera donde ellos viven no podría sentir lo que siente o es la ciudadanía.

Pobres, pude por ellos sentir empatía.